Dejé de scrolear y esto sucedió. Gestión del tiempo en las redes sociales

Mi trabajo como editora y también como escritora, requiere de las RRSS para compartir lo que escribo y para encontrar clientes, pero a finales de julio tomé la decisión de eliminar todas las redes sociales de mi móvil: Instagram, twitter, threads, Facebook e incluso YouTube. La creación de contenido literario es una estrategia que implementé hace tiempo y fui cambiando según cambiaban los tiempos. Sin embargo, llegó un momento en el que esa creación de contenido se convertía en un bucle sin fin. No era solo el tiempo y esfuerzo que lleva crear publicaciones útiles o de interés para mi público objetivo. No. Era revisar las estadísticas que tenían esas publicaciones para ver si funcionaban, a su vez interactuar con otros perfiles de interés y terminar metida en el scroll por pura inercia.

En lugar de destinar unas horas concretas para revisar las redes sociales, lo hacía desde el móvil y ¡esa es la trampa más grande!

Cuando trabajas por tu cuenta todo lo organizas tú: el tiempo, la gestión de proyectos, otros trabajos adicionales y las redes sociales (a menos que cuentes con un community manager, que en mi caso soy yo misma). No destinar un tiempo delimitado a revisar las redes o subir contenido, puede generar la ilusión de que en cualquier momento se puede hacer: total, lo hago desde el móvil. La trampa es que sigues trabajando (incluso aunque te guste hacerlo) en todo momento, no desconectas y encima te cargas de cuestiones que no interesan una vez el scroll se adueña de ti.

El problema está en las propias redes, por ejemplo, Instagram. Si quieres programar storys son un desastre, no puedes poner sticker, ni enlace, a veces falla la programación… La app te obliga a tenerla en el móvil para esas cuestiones más rápidas, ya que además se graba directamente desde el móvil y es más cómodo que tener que pasarlo al ordenador.

No pasaba tanto tiempo haciendo scroll en realidad, pero me afectaba de manera negativa, en especial a la concentración. Mi cerebro, acostumbrado a los estímulos rápidos (de vídeos cortos, pero también de texto, como en Threads) se derretía si lo enfrentaba después a una tarea más compleja. En cursiva, porque no revestían tal complejidad la mayoría de tareas: leer un libro (por ocio), seguir el curso que estuviera haciendo o escribir mis novelas.

Al dedicarme profesionalmente a la edición y creación de contenido, enfrento varias cuestiones: la principal, es que me encanta mi trabajo, pero eso no significa que deba estar doce horas en jornada intensiva. Porque sí, si sumo las horas que destino a revisar estadísticas e interactuar para no perder la posición en las redes, el resultado son muchas horas y poca desconexión.

El algoritmo es una perdición para los creadores de contenido y si además agregas que no solo te dedicas a eso, todavía peor. Tengo otro trabajo (además de la edición y la escritura) que debo compaginar y que me exige estar disponible a ciertas horas (y desconectada del trabajo de edición), por lo que la trampa de las redes sociales se acentúa más. En ratos libres en ese otro trabajo, puedo tener la tentación de revisar una publicación que me quedó a medias o por publicar, ver cómo le va al último vídeo que subí y así. Un fatal error. No dejaba nunca de trabajar y mi mente se agotó. Así que mi tiempo libre (el que me permitía tener) era estar ya boqueando cual pez fuera del agua por saturación cerebral. ¿Y qué hacía entonces mi cerebro? Scrolear vídeos inútiles, pequeñas píldoras de dopamina como recompensa.

Cuando me di cuenta coincidió justo con el inicio de mis vacaciones, así que fue bastante fácil la desconexión. Aún así, al principio mi mano iba hacia el móvil sin darme cuenta o lo desbloqueaba y buscaba las aplicaciones que ya no estaban (por eso las borré, porque si estaban ahí no iba a resistir sin abrirlas). Es como una droga y genera adicción, digan lo que digan, y encima produce desconexión y desconcentración, más si tu trabajo es creativo.

Sentí durante más de una semana esa sensación horrible de que me faltaba algo. Y algo importante según mi cerebro. Mi parte más lógica sabía que no era cierto, que podía disfrutar de la vida perfectamente sin compartir nada, sin ver lo que publicaban los demás y sin sentirme culpable (esta es otra) de no publicar nada y perder relevancia. Esclavos del algoritmo, decía yo hace unos años en un escrito que nunca llegué a terminar, quién sabe si por estar perdiendo el tiempo con el scroll. Y es así. Crear contenido (del tipo que sea) fomenta esa adicción porque incluso sirve como excusa: ah, es que tengo que ver cómo le va a mi publicación para ver si sigo con esa estrategia o la cambio. Claro. Como no.

Pienso que lo más importante es tener claro la separación entre trabajo y ocio. Creo que en realidad no hay ningún problema en tener redes sociales si se utilizan con moderación y en momentos puntuales, no como sustituto ni como escape de problemas. Y sobre todo si no hacen que alargues la jornada de trabajo hasta el infinito sin darte cuenta porque te gusta hacerlo. El cerebro necesita aburrirse, conectar y reconectar con la esencia misma de su interior, observar, detenerse en pequeños detalles, crear, llevar esos proyectos inacabados desde tiempos inmemorables, etc. Dedicar tiempo al trabajo, sea la creación de contenido u otra cuestión, está bien, pero sería especialmente útil poder delimitarlo.

Así como si trabajaras en una oficina, de 7 a 15. En ese tiempo debes hacer todo el trabajo pendiente, revisar redes, gestionar proyectos, crear más contenido. Claro que no siempre es posible, por diversas circunstancias, pero al menos no caer en la trampa y la ilusión de que trabajar desde el móvil en cualquier lugar no es trabajar. Es mentira.

En todo el mes no he vuelto a las redes sociales, pero sé que tendré que hacerlo en breve para continuar con mi estrategia de compartir contenido de interés para llegar a nuevos lectores y nuevos clientes. Mi mente ahora se siente muy despejada y clara al pensar en dedicar unas horas concretas al trabajo de las redes sociales y después dejarlas hasta el día siguiente, o hasta que le toque la revisión de estadísticas.

Eliminar las redes sociales del móvil me ha dado una libertad mental enorme y esa sensación de que me faltaba algo se ha ido. Ahora puedo dedicarme a mis tareas con mayor capacidad de concentración, no tengo prisa (como antes parecía tener mi cerebro acelerado) y gestiono mejor el tiempo.

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