El deseo de ser leído

El otro día leí, en alguna de las redes sociales que frecuento, las palabras de un escritor que decía: no me importa si mi libro no se vende, ya he hecho todo lo que quería hacer. Es decir, su novela estaba terminada y publicada había dado lo mejor de sí, había invertido dinero y esfuerzo y ahí quedaba su creación para el mundo. Y fin.

Me rehúso a creer que lo piensa de verdad o tan profundamente. Puede que ese fuese su deseo máximo en la vida: poner fin a una historia no es poca cosa, pero también puede ser un escudo ante la posibilidad de no vender lo suficiente. Al publicar se hace público y tendría más sentido que haya una intención detrás, una búsqueda de lectores o el deseo de ser leído, No me refiero a convertirse en un bestseller, que es más complejo, sin embargo, sin ventas no hay lecturas. ¿Qué sentido tiene entonces publicar? Bastaría con escribir en la soledad de su habitación, con el teclado o el bolígrafo como único testigo de su creación. No lo compartiría, no lo publicaría, no sería necesario.

El deseo de ser leído es tal vez el fin último de la mayoría de escritores que conozco. Y tiene lógica. Uno vuelca todo su ser en el momento solitario de la escritura. El encuentro entre el narrador, los escenarios y los personajes. Pero después busca una reacción y esa solo puede encontrarla afuera, en los que todavía no conocen la historia: los lectores.

Compartir los pensamientos o nuestras visiones es algo inherente al ser humano, por eso se inventó la escritura. Si digo que unas nubes me parecen algodones quiero saber si a ti también, o solo son nubes. Y en la ficción igual.

Habrá quién escriba para sí mismo, no lo niego, pero el deseo de ser leído seguirá en el fondo del ser del escritor. Incluso puede ser el motor que algún día lo colocó frente al ordenador a teclear unas palabras.

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